Tras el emotivo pregón navideño se abren las magnas puertas del comedor del Colegio Mayor Peñafiel y a él acceden las numerosas personalidades que se han dado cita para festejar la Navidad. El cenador, un poco menos exclusivo que de costumbre, acoge, sin embargo, a un selecto grupo de distinguidos hombres, la crème de la crème, el objetivo de los paparazzi.
A destacar, por supuesto, la presencia del general José Alberto con su elegante traje militar. La montura en que llegó, guiada por el lacayo Félix la dejaron en el recibidor.
Otras personalidades a destacar son el conde de Acho Tío, Ricardo, con un atuendo diverso pillado de aquí y de allá, el Director General de Tráfico David Jiménez o el Marqués de La Carolina, Alejo, que dejó durante unos días los cálidos olivares para internarse con arrojo en la niebla-puré de la meseta castellana.
Como es costumbre en esta clase de comedores de rancio abolengo, también contábamos con la presencia de un fantasma, Rodrigo, experto en deslizamientos laterales y en sigilos susurrantes con el fin de esquivar a las cámaras. Aunque, por supuesto, aún está lejos de los méritos logrados por Fran, que suponemos que estuvo, porque la comida desapareció de su plato.

Tampoco lo hizo mal el linaje de los Castro, que como con cara de despistados, como quien no quieres la cosa, como quien pasa por ahí, como, como y como.
Y como una buena de cena de Navidad se caracteriza por alguna buena obra, dimos cobijo a tres sin techo: Gelín, Álex y Cristian. Sin luz y sin esperanza de recobrarla en un futuro inmediato, tenían la alternativa de cenar con nosotros o servirse algún producto plástico precocinado, salido de las virtuosas manos del chef Cristian. Ante la disyuntiva prefirieron cenar con nosotros.

Y tras la cena los caballeros se retiraron al salón. Pareció al principio que el champán no corría pero, con tiempo, todo se logra. Y, una vez entonados, entonamos. El maestro Pablo, al piano, inició el concierto de villancicos con una refinada obertura dedicada a Valentín, un villancico original y novedoso que logró embelesarnos desde el principio.
Juan Antonio logró hacerse con una pandereta y Echeve con unos bongos. Para entonces, el volumen de decibelios era lo bastante elevado como para que Carlos pasara casi desapercibido (casi).
Poco a poco sus ilustrísimas se fueron retirando a una hora prudente de modo que, los últimos, ya estaban en la cama a las 6 de la mañana.
Potxolo.